No deja de ser paradójico que sea la casa de Dios el lugar en el que os dirijo estas palabras en memoria de su hijo, Jesús Estévez. Sé que Dios es misericordioso, y perdona nuestros pecados, pero tengo la impresión de que existen algunos casos en que no debe tenerlo fácil y tiene que revisar el expediente varias veces, debe meditarlo detenidamente antes de acoger definitivamente algunas almas con inercia singular.
No quisiera, sin embargo, sucumbir a la tentación de convertirme en juez de nadie, confieso que hay ocasiones que me resulta muy difícil no ceder a mis prejuicios e impedir que se conviertan en el principio rector de mi pensamiento. Mi experiencia profesional me ha enseñado a escuchar con qué tropieza el ser humano, por eso sé que no andamos muy sobrados de tolerancia con las almas que tienen una esencia tan diferente, esencia que se manifiesta en el modo de pensar, en la manera de vivir, en la forma de ser en suma, y no hay duda, respecto de la mayoría de nosotros, Suso siempre ha sido un alma diferente.
Diferencia que consuena perfectamente con una personalidad muy marcada, claramente visible en el trato personal; nos ha dejado innumerables anécdotas que todos podemos recordar. Quizás algunas de éstas puedan ser atribuidas al hecho de que la prudencia nunca fue una de las virtudes de su persona, pero también es cierto que lucir tan característico desparpajo en cualquier ambiente supone una buena dosis de valentía, consecuencia de estar bien orientado y haber entendido que él no era como los demás, que su futuro jamás le proporcionaría el supuesto equilibrio que aportan a un hombre una esposa y unos hijos, eso que la mayoría anhelamos, y que por el contrario, las coordenadas del mapa de ruta que escribieron para él, justificaron la sensata elección de una vida bohemia, en la que el equilibrio no es un valor tan preciado, y son otros los amarres que protegen de las borrascas de soledad.
Una vez fallecido, tuve que recoger de la habitación del hospital las pertenencias con las que ingresó, entonces hubo algo que me sorprendió al revisarlas, se trataba de unas fotos. No me refiero a las copias de las fotos que siempre llevaba encima, recuerdos de su pasado periodístico, con Shirley McLane, o su orgulloso retrato con Sofía Loren. Junto con estas, me encontré con fotos de sus amigos, de ahora y de antaño, incluso aquellos que lamentó perder. Tras la sorpresa inicial, comprendí qué importantes habían sido para él, cómo había encontrado su arreglo a través de la amistad, que ha sido su sostén. La presencia aquí hoy de algunos de sus amigos da testimonio de ello; la fidelidad con la que trataba a la amistad, desde luego, no la encontraremos en el carácter efímero de sus relaciones sentimentales.
Reflexionando, sólo encontré un espacio por fuera de la amistad que le sirvió de amarre a lo largo de su vida, al que siempre fue fiel; su Marisita, su sobrina predilecta. Constantemente ha sido esto una pregunta para mí, ¿qué hubo en Marisa para conmover a este hombre?, ¿por qué su afán en mantener ese nexo? Seguramente para él debió ser lo más cercano a una hija, y el único vínculo con su admirado hermano, pero además creo que Suso le estaba muy agradecido, no sólo por la entrega incondicional de Marisa o la generosidad sin límite de su marido, Pipo, sino porque aquella niñita que tan espatosamente quedó sin madre, que encontró una sustituta en la persona de su abuela, Honorata, le permitió a él descubrir en su madre la ternura, mujer endurecida en la costumbre de lidiar con cinco varones.
Heredero del genio musical de su padre, decidió cambiar su talento natural por la letra impresa, renuncia que no le privó de una sensibilidad musical extraordinaria, como no he conocido jamás, y de la que agradezco infinitamente que me hiciera heredero, consciente de que sólo soy depositario de una humilde parte que no me pertenece, y que por tanto no debo guardarme para mí, me acompañará a lo largo de mi paso por la vida, es la causante de que la música sea, desde muy pequeño, la puerta principal de conocimiento de la belleza, belleza que él creía tocar escuchando algunas de sus obras preferidas, y que en ocasiones provocaba en él una turbación que incluso lo asustaba. Respecto de este tesoro, de esta sensibilidad, asumo haber contraído una responsabilidad, es por ello que siempre he tratado de transmitirla.
En mis últimas conversaciones con él, muchas de ellas servían al objeto de repasar su vida, sonreíamos ambos por la acumulación a lo largo de los años de algunas paradojas, como la del primogénito de cuatro hermanos que no sólo tuvo que sufrir la pérdida de sus padres, también la de sus tres hermanos menores, había sobrevivido a todos con una vida que no había sido precisamente muy ordenada. O si prefieren, la paradoja con la que comencé estas palabras, un hombre contrario a argumentos religiosos, pese al nombre con el que lo bautizaron, y sin embargo un sujeto de firmes creencias y con una fe a prueba de todo respecto de aquellos sus valores, sus principios y convicciones. Pero sobre todas estas, está con la que yo me quedo, y que confirmo al terminar estas líneas; la gran paradoja de un hombre que nunca llegó a poseer nada y que sin embargo disponía de un patrimonio que muy pocos, aun contando con varias vidas, lograrían jamás reunir.
A.E.


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