Imagen cedida por su autora, Mónica Estévez

viernes, 29 de noviembre de 2013

Los Actos Fallidos Hablan

(Conferencia pronunciada en el NUCEP el 23 de Septiembre de 2013)



Quiero empezar contándoles un acto fallido. Me disponía a llevar a mis hijos a casa de su madre en el día de Navidad, toda la familia materna los esperaba para celebrar la comida de ese gran día. Arreglados y listos vamos a salir, mi hija, todavía una niña entonces, abre la cerradura de la puerta girando las llaves, pero no guarda la prudencia de extraerlas, y yo personalmente me encargo de hacer el resto del trabajo, es decir, una vez fuera, tiro de la puerta cerrándola, pensando que mi hija había cogido las llaves, pero las llaves quedan colgando en la cerradura por dentro de la puerta, impidiendo la entrada.

Es un acto fallido muy curioso, por ello lo elegí, porque su característica es que pareciera haber sido producido al alimón, mi hija hizo una parte, y yo lo rematé. 

Les propongo una interpretación: los niños estaban a gusto con su padre, hubieran preferido celebrar la comida de Navidad con él saltándose los acuerdos que los mayores estipulan en torno al tiempo que deben estar con uno u otro. Es una lectura que me conviene, no hay duda: ¡qué magnífico padre tienen estos chicos! Pero el problema es que el acto fallido no impide la salida de la casa del padre, el trío ya estaba fuera de la vivienda, no habría inconveniente en desplazarse para llegar hasta el domicilio materno. Mal que me pese, lo que este acto fallido muestra es de otro orden: se puede salir, lo que no se puede es entrar a la casa del padre, las llaves cuelgan en su interior e impiden la entrada. Por consiguiente sería más lógico pensar que la verdad que este acto fallido trata de manifestar es otra, podría ser algo del estilo: si no puedes entrar en tu casa, vente a la mía y celebramos la Navidad todos reunidos.

Hoy vengo a hablarles de estos fenómenos, los actos fallidos, y debo decirles sin ánimo de asustarlos, que ocurren continuamente, es cierto que no siempre tienen la trascendencia de éste que les he relatado, con visita del cerrajero incluida. Lo que pasa es que habitualmente no despiertan nuestra atención porque sus consecuencias prácticas no son tan palpables y entonces los despreciamos.

¿Por qué nos ocurre esto? ¿Por qué con esa insistencia? Siguiendo el título de la conferencia, Los actos fallidos hablan, ¿y qué dicen? ¿Acaso se trata de algún mensaje que pretende burlar los férreos controles de carretera que establece nuestra conciencia? Con seguridad sí les puedo decir una cosa; los actos fallidos son una frontera, una frontera que separa al psicoanálisis de la psicología en la medida que solo el psicoanálisis los considera actos psíquicos.

Antes de contestar a tanta pregunta planteada, pienso que podríamos intentar ordenar la cuestión que me he limitado a ejemplificar pero que no les he definido. Aventuremos una primera definición de acto fallido: el acto fallido es el resultado de una interferencia, la que se produce entre dos intenciones distintas, y de las que solo una de ellas es consciente. Así, podemos acercarnos un poco más a esos fenómenos psíquicos entre los que destaca por excelencia el lapsus.

Hay muchos tipos de lapsus, el más común es el lapsus linguae, o sea, decir una palabra diferente de la que pretendíamos decir. Siguiendo la definición que proponíamos antes podemos intentar entender cómo se produce: la intención consciente es decir una palabra, por ejemplo, dentro de una frase, pero acabamos pronunciando otra en su lugar, como resultado de la interferencia que produce esa segunda intención, una intención inconsciente que perturba y que acaba imponiéndose. Miles de ejemplos, simpáticos algunos, absurdos otros, pero probablemente comprometedores todos, que conocemos y cometemos a diario. Se pueden imaginar que el catálogo de lapsus en las obras de Freud y hoy en Internet es inacabable, pero en mis búsquedas encontré un lapsus de un presidente peruano que me pareció especialmente simpático. Este militar en uno de sus discursos dijo: “Soy el miembro viril del ejército peruano” Cuando lo que pretendía era decir “Soy miembro del viril ejército peruano”. Desconozco si los oyentes prorrumpieron en una sonora carcajada, pero ya ven que en ocasiones el lapsus tiene esta vis cómica en la medida en que, en este caso, el fallido se constituye como un atentado al semblante serio y formal de toda una personalidad, en este caso un presidente de Gobierno, dando a ver lo que se esconde tras dicho semblante, una verdad incómoda en ese contexto del discurso a sus fieles. La interferencia, exitosa en este caso, no solo produce la sustitución de una palabra por otra, lo cual da lugar a lo cómico consecuencia del surgimiento de un sentido nuevo, es una interferencia fulgurante en el semblante del presidente que aparece ante sus oyentes, por un momento, en toda su viril fragilidad, desprovisto de su etiqueta. Ya imaginan que lo cómico es para el que recibe el mensaje, imagino que al presidente no le hizo ninguna gracia el lapsus. 

Menos habituales pero también frecuentes son los lapsus de escritura, es decir, escribir una palabra en lugar de otra, o los de lectura; como me consta que nuestro público es lector, habrán observado que a veces llegan al final de la frase y no han entendido nada, no tiene sentido lo que han leído. Cuando sus ojos vuelven atrás identifican el error, han transformado una palabra en otra, o se han saltado alguna de ellas en la frase. Por último, por terminar con la categoría de los lapsus, nos falta integrar también aquellos en los que se oye una cosa distinta de lo que se dice. No hablo de oír mal, sino de escuchar otra cosa.

Fuera de los lapsus tenemos que incluir aún dos categorías más para poder entender lo que engloba el universo de los actos fallidos. En primer lugar, los olvidos, eso que con tanta frecuencia los que vamos teniendo una edad atribuimos al deterioro cerebral, y los que todavía son jóvenes muchas veces saldan argumentando que son muy despistados. Lo del despiste es muy elástico porque sirve también para justificar la última de las categorías del acto fallido que quiero citarles, que es, la pérdida de objetos. No diré yo que la edad o el descuido no tengan sus consecuencias, no es esa la discusión, creo que el debate que hoy proponemos apunta a otro lugar, apunta hacia la frontera que les propuse antes; se trata más bien de pensar si ese olvido o esas llaves que cuelgan por dentro de la puerta, son un mensaje, si tratan de decirnos algo o podemos atribuirlo al apasionante mundo de las sinapsis y las redes neuronales, porque en ese caso no habrá ningún tipo de mensaje, si lo atribuimos a lo biológico, los olvidos, lapsus, los actos fallidos en general no querrán decir absolutamente nada.

Ante el acto fallido la responsabilidad la tenemos cada uno de nosotros, porque al fin y a la postre somos los que decidimos, somos los que realizamos la atribución, quiero decir, la distancia respecto de la responsabilidad será definitiva para la actitud que el sujeto muestre ante el acto fallido, y podrá llevarlo a decir que dicho acto se produjo como consecuencia del cansancio, o la modalidad defensiva del ¿es que uno no se puede equivocar?, o puede llevarlo a pensar si dicho acto tiene valor de un mensaje, un mensaje cuyo contenido podría ser revelador de una verdad para el sujeto. El descubrimiento de Sigmund Freud es ése, que dicha verdad, una verdad inconsciente, toma la palabra para hablarnos, y también toma el cuerpo para expresarse a través de los síntomas. El lapsus entonces, es un tropiezo que denuncia la presencia de una verdad, tan elocuente en ese sentido como pueda ser un olvido o cualquier tipo de acto erróneo, una verdad que estalla en el chiste o se expresa en nuestros sueños. Todas ellas formaciones del inconsciente, y los actos fallidos se inscriben entre ellas, son la vía que nuestro inconsciente utiliza para hablarnos, por todo ello me parece elocuente el título elegido para el ciclo, El Inconsciente habla, podríamos decir a través de sus formaciones, pero siempre y cuando haya alguien que lo escuche, el inconsciente depende de una escucha, y esa escucha es la que lo descubre.

Este hecho permite preguntarnos si el inconsciente existía antes de que Freud lo descubriera. O incluso, si existe el inconsciente en alguien que no se ha psicoanalizado, porque es cierto que el psicoanálisis como práctica, es una operación a partir de la cual el inconsciente se hace legible, extrayendo un saber de dicho inconsciente que es un saber inédito para el sujeto. Es inédito porque él ignoraba completamente que lo atesorara, es algo nuevo y absolutamente desconocido acerca de uno mismo. Es un saber que desafía el reino absolutista de la conciencia, y en ese sentido creo que el acto fallido es, entre las formaciones del inconsciente, la que mejor permite representarlo, piensen en esa palabra intrusa que se cuela en lo que queríamos decir, por ejemplo cuando llamamos a alguien utilizando el nombre de otra persona, o cometemos el error, utilizando la agenda del móvil, y acabamos llamando a otro en lugar de hacerlo a quien pretendíamos, o por ejemplo, vamos a abrir una puerta, la del lugar de trabajo, seleccionando en el llavero la llave del domicilio, o ese correo electrónico que promete un archivo adjunto pero que olvidamos finalmente adjuntar, y etc., etc., etc. O cambiamos el orden de las palabras en una frase como el militar peruano. Ya ven que los actos fallidos no tienen nada de extraño, ni siquiera su carácter es eventual, son un hecho que continuamente salpica nuestra realidad. El problema por tanto, e insisto, no es tanto su existencia, sino el valor que cada uno le otorga.

Planteada así la cuestión, si hay una intención que subyace a algunos de nuestros dichos y nuestros actos, ¿es correcto decir que tales actos son fallidos? Porque desde esta perspectiva -y esta es la tesis de Freud y su primer órdago cuando entra en este tema- lo que acertamos a vislumbrar es que no tienen nada de fallidos sino que en ocasiones se presentan como totalmente correctos, lo único que ocurre es que sustituyen aquello que esperábamos o nos proponíamos. Lacan es igual de categórico cuando dice: “todo acto fallido es un discurso logrado, incluso bastante bellamente construido.”

Vamos a tratar de entender un poco mejor esta tesis del acto logrado, y para ello voy a llevarlos por el camino por el que para mí se hizo más claro, que fue ni más ni menos que seguir el camino que tomó Freud. Él nos propone la siguiente sustitución para mejor entender lo que está en juego en los actos fallidos, en realidad es algo bien sutil pero verán que tiene consecuencias sustanciosas. En la investigación de este fenómeno, la sustitución consistiría en apartar el término “sentido” para situar en primer plano el de “intención”, o si prefieren “tendencia”. Verán que la ganancia con esta inteligente maniobra es doble. Por un lado, al apartar del primer plano el sentido invita a abstenernos de comprender demasiado rápido. Los lapsus no tienen un significado unívoco, revelan algo, sin duda, pero no nos entregan la verdad en bandeja. (Lapsus Rajoy: Quiero transmitir a los españoles un mensaje de esperanza. ETA es una gran nación, perdón, España es una gran nación”) Ahora somos nosotros, receptores del mensaje, los que nos vemos en la tentación precipitada de atribuir al lapsus un determinado sentido, cuando lo primero que podemos recoger es el desconcierto y la indeterminación de algo extraño que el lapsus abrió. En el acto fallido con el que comencé, las llaves que quedan colgando por dentro de la puerta; puedo apresurarme a aplicar el sentido que me conviene, pero eso no es ni más ni menos que cerrar la brecha que el acto fallido produjo. Debemos estar prevenidos para no caer en una atribución precipitada de sentido, dado que además el ser humano es un apasionado para buscar sentido a lo que en principio no lo tiene, de ahí la estrategia de Freud, quitar el sentido del primer plano. Asimismo, hay que decir que el acto fallido no tiene un significado estándar, depende del sujeto que lo produjo y el contexto en que se dio. Lo aclaro porque hay abundante literatura que afirma lo contrario de lo que les cuento, sobre todo en el mundo de los sueños, libros que defienden cierta estandarización del sueño dejando de lado al soñante, es decir, si uno sueña que se le caen los dientes entonces es que eso quiere decir que se avecina un cambio o una renovación en su vida, y si sueña que vuela, quiere decir que va a hacer un viaje o cualquier otra estupidez determinista que se le ocurra al que lo escribió. Olvidar al autor del sueño es deliberado, es negar la singularidad para introducir un determinismo puro.

No es así, no hay un estándar para entender el acto fallido, y desde luego, salvo escasas excepciones, la verdad que el acto fallido revela no tiene un acceso inmediato, lleva un tiempo entenderlo, y esto tiene su lógica si lo piensan. Si partimos de que dicho acto pone en primer plano una verdad que está en nuestro inconsciente, es decir, una verdad reprimida –y la represión no es más que un modo de defensa- dicha verdad estará allí por algo, la represión habrá sido provocada por algún motivo, cuando menos podemos aventurar que dicha verdad es una verdad incómoda para el sujeto, y ya les confirmo yo que una verdad incómoda no es la primera que encuentra uno cuando se pone a buscar sentido.

Pero les dije que la ganancia de la maniobra sutil de Freud al producir la sustitución de la palabra sentido por la palabra intención era doble, por tanto, en segundo lugar, si pensamos en términos de intención nos costará mucho más trabajo atribuir la aparición de los actos fallidos como fruto de la casualidad, se situarán más bien como importantes actos psíquicos que efectivamente tienen su sentido y deben su génesis a la acción conjunta, o mejor dicho, a la oposición de dos intenciones distintas, una primera intención consciente, y una segunda intención perturbadora, incluso alborotadora, y de naturaleza inconsciente. Todo pareciera indicar que esa segunda intención requiriera nuestra atención, así que detengámonos en ella brevemente.

Me gustaría recomendarles una lectura, se trata de un cuento escrito por el autor estadounidense John Cheever y que lleva por título “El Nadador”. Quizá muchos de ustedes lo conozcan, incluso algunos hayan podido ver la película, del año 68, protagonizada por Burt Lancaster. El nadador es un personaje, vecino de la típica urbanización americana de chalets, que de pronto se ve asaltado por una idea; pretende recorrer dicha urbanización entera cruzando las propiedades de sus vecinos, hasta terminar en su casa, y la nota que le da cierto carácter de hazaña es que al atravesar los jardines de los chalets vecinos deberá nadar sus piscinas a lo largo, de ahí el título. En principio, esta “gesta” que aparentemente pareciera fruto de una ocurrencia inocente y sin sentido, en realidad se va perfilando como un viaje catártico para este hombre en el que se ve enfrentado a una terrible realidad hondamente reprimida por él, y digo se ve enfrentado porque el cuento es exquisito cuidando ese aspecto en concreto, es como si él no tuviese responsabilidad alguna en nada de lo que le va ocurriendo, el autor se afana –es absolutamente deliberado y clave para el desenlace- en velar por una cierta inocencia casi infantil en nuestro protagonista, pero el viaje a la vez se torna inexorable, y llegado un punto no hay marcha atrás, dándose de bruces con aquello que trató de apartar. Si les recomiendo su lectura justamente lo que no debo es destripárselo. Me parece un ejemplo, entre muchos otros en la literatura, particularmente gráfico en la configuración de la presencia de ese otro escenario, un escenario por fuera de la conciencia y el dominio de lo manifiesto. Pero ya ven que este dominio no es tal porque aunque la represión es el resultado del poder que el Yo puede llegar a desarrollar, finalmente la idea reprimida emerge, y lo hace como resultado de que el Yo ha dejado de tener control sobre ella. Es como en esas películas en las que nuestro héroe parece haber abatido al monstruo y lo da por muerto, y de repente éste pega un brinco, habitualmente nosotros espectadores también, y nuestro protagonista de nuevo se ve amenazado. El Yo quizá es demasiado confiado, y debiera asegurarse de que la representación reprimida no retornará a la conciencia, o tal vez eso sea todo lo que puede hacer, reprimirla, y ahí se acaba su poder, un poder desbordado por algo que lo excede.

Entonces ya ven que el Yo paga caro la represión que realiza porque al final esta segunda intención que muestran los actos fallidos alcanza su venganza, por ejemplo, a través del lapsus, y en este sentido Freud es tajante: si intentamos suprimir la intención de decir algo, si tratamos de evitar que algo no se nos escape, estamos creando la condición indispensable de la equivocación oral.

Si por un lado vivimos en el espejismo de que el Yo es el capitán que conduce la nave llamada sujeto, que somos dueños de nuestro pensamiento y no hay más escenario que el que dispone nuestra conciencia, pero proponemos por otro lado que hay una fuerza que se subleva, que ignoramos pero que resulta mucho más determinante en el destino que toman nuestras vidas, estamos diciendo que el individuo se ve obligado a servir a dos amos a la vez, y lo mismo ocurre con su cuerpo, los órganos de ese cuerpo están contaminados y por eso no solo se encargan de servir al principio de supervivencia, sino que además esconden otra intención que desborda su finalidad vital. La boca no solo se satisface comiendo, sino que hay una satisfacción derivada del hecho de hablar, y aún más, esa misma boca es la que le sirve al sujeto para besar.

Ven como empezamos hablando de otra intención, o segunda intención y poco a poco las palabras nos han llevado a hablar en términos de satisfacción, algo se satisface a nivel del inconsciente, pero decir se satisface no quiere decir necesariamente que procura placer al sujeto, a veces es todo lo contrario, entiendan el satisfacerse como una culminación, algo se cumple, como un logro, del que nosotros, bajo la égida del Yo, permanecemos completamente ignorantes. Y esta otra satisfacción, presente en la palabra, es la herramienta que catapulta a la verdad por encima de las murallas que el Yo ha levantado en aras de su tranquilidad, haciendo que irrumpa dicha verdad de manera inesperada.

Sabemos que soñamos pero muchos de esos sueños los olvidamos; asimismo el acto fallido, ya sea el lapsus, el olvido, o el acto erróneo entre los que citaba antes la pérdida de objetos, también el chiste, tienen un carácter instantáneo, y en psicoanálisis los leemos a partir de una verdad que dicho acto desvela, pero son efímeros, desaparecen enseguida. Cuando esa verdad provoca efectos más permanentes entramos en otro territorio, cuando la verdad, por ejemplo, tiene una consecuencia somática y enferma el cuerpo, entonces hablamos de los síntomas, en los que se hace más evidente no sólo la faceta de verdad reprimida, en realidad si el síntoma no contase más que con esta faz desaparecería igual de rápido que el resto de formaciones del inconsciente, el síntoma tiene otra cara que responde a esa otra satisfacción que le da su carácter de persistencia incluso una vez revelada la verdad que le subyace.

No es fácil lo que el psicoanálisis propone, en el fondo piensen que lo natural en un sujeto es creer en su Yo. Podemos entender desde este punto la extrema desconfianza de alguien y su resistencia ante el psicoanálisis. De ahí que el propio Freud se quejase del escaso respeto que las personas manifiestan antes los hechos psíquicos, empezando en muchos casos por los médicos. Efectivamente se hace muy engorroso, por ejemplo, sumar al disgusto de haber perdido un objeto la sospecha de que tras dicha pérdida hay una intención responsable, y que por tanto, en muchas menos veces de las que imaginamos se trataría de un simple accidente. Creer en el Yo se expresa en otras palabras por boca de Lacan, él lo llamaba la pasión por la ignorancia.

Bien, admitamos que para salir de dicha ignorancia hace falta una buena dosis de arrojo. Porque dejar de ser un apasionado de la ignorancia también conlleva desapasionarse de la identidad que el Yo proporciona, y la identidad produce una sensación de consistencia formidable para el sujeto, es la unidad que conjura cualquier asomo de fragmentación; lo dijimos antes en otros términos, el Yo gobierna la nave: en su fórmula más básica se expresa “Yo soy”.

Pero el inconsciente le trae una mala noticia al Yo, y aunque éste intente cerrar la puerta porque no quiere saber, el inconsciente finalmente aparece colando por debajo de la puerta la carta de la inconsistencia. Digo aparece porque lo suyo en el caso del inconsciente es aparecer, mostrarse, siempre tiene cierto valor de conmoción. Pero no piensen el inconsciente como una sustancia escondida en la cabeza del sujeto, no existe tal sustancia, pensar así es de nuevo entrar en un registro reduccionista por la puerta de lo biológico y a estas alturas ya sabemos que la naturaleza de un sujeto, por supuesto que tiene un registro biológico, pero también está hecha de palabras, palabras que juegan solas sin que Yo acierte a reconocerme en su juego, solo consigo situarme como efecto del juego que dichas palabras caprichosas llevan a cabo y que Lacan nos enseñó a llamar significantes, y es en ese juego, en esa relación, en la que se produce el inconsciente, ahí es donde puede buscárselo. La prueba justamente nos la dan las formaciones del inconsciente, lo vemos en el lapsus, es como si algo se adelantara al sujeto, como si soltara los lapsus por delante de su propia conciencia. Esta es la sorpresa que acompaña a las formaciones del inconsciente, sorpresa que apunta a la fragilidad, a la inconsistencia y que también podemos intentar expresar en su forma básica con un “Yo no soy”.

No vayan a pensar que en psicoanálisis todo pertenece al registro de la inconsistencia, lo que ocurre es que los psicoanalistas encontramos la consistencia del lado de lo que persiste, allí donde algo se satisface procurando un goce al sujeto, y ese terreno es el terreno del síntoma, una formación mucho más abigarrada que, desde luego, no fulgura como lo hace el acto fallido. Aunque quizá convenga aclarar que un acto fallido que insiste, siempre el mismo un día tras otro, puede alcanzar la consideración de síntoma en ese sujeto.

Me gustaría puntualizar algunas cuestiones en relación al acto fallido. Los psicoanalistas, quizá empujados por el peso que la palabra acto tiene para nosotros, solemos hablar de lapsus y actos fallidos, pero en rigor y siguiendo a Freud, un lapsus es un acto fallido como el olvido de una cita o la pérdida de algún objeto. El lapsus evidentemente tiene su consideración particular pero su pertenencia como formación del inconsciente es a la categoría de acto fallido. Y justo en este sentido conviene diferenciar lo que no es acto fallido, y para ello no tenemos más que recurrir a su definición, basada en la interferencia de dos intenciones. Pues bien, la interferencia es fundamental para entender si lo producido es o no un acto fallido. Por ejemplo, a veces nos sorprendemos a nosotros mismos tarareando una canción sin habérnoslo propuesto, o jugueteamos con el bolígrafo que tenemos en la mano mientras escuchamos la conferencia, o mientras la pronunciamos, o con la bandolera del bolso, o puede que nos pongamos a tamborilear los dedos. Todos ellos son ejemplos de actos que es seguro que respondan a determinadas emociones, y todos poseen un sentido, hasta el punto que el propio Freud los consideraba actos psíquicos completos, pero en ellos no encontramos el rastro de la interferencia responsable del fallido. Pueden ser actos casuales, incluso sintomáticos, pero no se produce el tropiezo con esa otra intención como ocurre en el fallido, en ellos no encontramos la intención perturbadora.

Sin embargo la delimitación de estos fenómenos no siempre resulta meridiana. Curioso es el caso de las frases que todo el mundo pronuncia de manera equivocada, o por decirlo más atinadamente, faltando a la frase original. No se trata de los errores gramaticales en los que casi todos caemos, por ejemplo, con los tiempos de los verbos irregulares de nuestra lengua, de los que quizá uno de los ejemplos más habituales nos lo brinda el verbo “prever” que por arte de magia se convierte, incluso en los medios, en “preveer”. No me refiero a estos casos, les hablo de esas frases hechas, refranes muchas de ellas, que transformamos, y ni siquiera somos conscientes. ¿Qué tipo de equivocaciones orales son éstas? ¿Es la aceptación de un lapsus primitivo que alguien debió cometer y del que sin saberlo participamos?

Lo mejor quizá sea que pueda darles un ejemplo. Seguro que han oído el refrán “Nunca es tarde si la dicha es buena” En realidad se oye por todos lados, y sin embargo dicho así estamos faltando a la frase original en una falta de orden redundante. Porqué digo esto. ¿Ustedes conocen alguna dicha que sea mala? Es evidente que no existe. ¿Y por qué lo repetimos? Lo que venimos a decir siguiendo dicha redundancia sería: “Nunca es tarde si la dicha es dicha”. Sin embargo, siendo más minuciosos uno puede darse cuenta de que la palabra “tarde” inscrita al principio de la frase, introduce la dimensión temporal que pide una contestación en el final del refrán, y que en la frase errónea la obtiene por el lado del “buena”.

La frase original es esta: Nunca es tarde si la dicha llega. ¿Podemos concluir que quizá haya algo inquietante en esta otra versión y por eso se produce la transformación en la frase? Creo que el elemento inquietante en esta frase lo introduce el hecho de que la dicha puede llegar, o tal vez no llegue nunca, y entonces lo que hace el sujeto es cambiarla por esta otra versión, más light, en la que la dicha llega seguro, lo que quizá no sepamos es si será muy buena o solo un poquito, pero llegar llega.

Quizá hemos de concluir que a falta de la presencia notoria de la interferencia susodicha, este tipo de fenómeno no sea exactamente una equivocación oral, si hay una interferencia, es la provocada por la esperanza de que algo arreglará o ayudará al sujeto a sobrellevar el peso de su vida. Al fin y al cabo, la esperanza es una de las cosas a las que más se aferra un sujeto, por eso se dice que es lo último que se pierde. El psicoanálisis, por cierto, ayuda a rebajarla, y como consecuencia uno no se aferra tanto a ella, y lo curioso es que eso produce bastante alivio.

El acto fallido es para Freud un fenómeno crucial para entender el psiquismo humano. Tras la introducción de una de sus obras más importantes, las Lecciones Introductorias al Psicoanálisis, ¿adivinan a qué dedica el primer capítulo? Efectivamente, a los actos fallidos. Son conferencias que Freud dictó a médicos y profanos del psicoanálisis durante los cursos de 1915 y 1916. Y un Freud, sin pelos en la lengua y armado de gran valentía afirma ante su auditorio: “Poseéis la ilusión de la existencia de una libertad psíquica y no queréis renunciar a ella”. Y relata cómo su trabajo sobre estos fenómenos, resultado de la investigación psicoanalítica, es despreciado por la Psicología que no muestra interés por estos actos, y eso que dicha investigación extiende muy ampliamente el mundo de los fenómenos psíquicos conquistando para la propia Psicología dominios que anteriormente no formaban parte de ella. Como él dice, la ilusión de una libertad psíquica es algo a lo que no resulta fácil renunciar, y si lo pensamos es algo ancestral en el ser humano: no querer aceptar que la tierra no era el centro del universo viene a ser similar a no aceptar que la conciencia no es el centro de nuestra psique. La Psicología sin embargo no renuncia a la idea de una totalidad de la conciencia que lo abarca todo sin dar lugar a ningún tipo de sombra. Esta utopía totalitarista la vemos hoy reflejada en las terapias cognitivo conductuales, y digo la vemos porque se hacen programas de televisión con ello, en los que observamos el despliegue de un catálogo de normas y límites para tratar lo que no funciona, el que padece el malestar ha de hacer acopio de voluntad, y si pese a todo no se le somete, porque de eso se trata, de someter al sujeto haciendo desaparecer su síntoma, nos queda la ráfaga de la culpa que es un arma muy antigua y en ocasiones bastante eficaz.

Voy a ir terminando, pero antes quiero darles un par de consejos, alguien dijo que los psicoanalistas no aconsejamos, pero no lo hago como psicoanalista sino como conferenciante. Además son unos consejos muy prácticos para enfrentarse el mundo de los actos fallidos. En primer lugar, para entender un acto fallido hay que ser un amante del detalle, y esto no es algo que solo defendamos los psicoanalistas, Vladimir Nabokov en sus cursos sobre Literatura muy frecuentemente decía a sus estudiantes “Acaricien los detalles, los divinos detalles”. Lo pueden constatar cuando se leen los cuentos de Nabokov, el gusto por el detalle se hace muy evidente y ocurre que cuando se capta en la lectura alguno de estos detalles que no estaba narrado de manera muy patente, el cuento mismo parece transformarse ante nosotros. El detalle preside nuestra práctica psicoanalítica, y lo hace de principio a fin, y es el que permite obtener la particularidad de un sujeto. Sin el detalle podríamos hacer una interpretación al olvido de un paciente y cuando llega el siguiente aplicarle la misma. Por eso les digo que si quieren entender algo de lo que les sucedió cuando ocurrió aquel equívoco, o cuando perdieron aquella llave, o cuando equivocaron el nombre de su pareja, pregúntense por los detalles, eso no les va a permitir saldar la cuestión muy deprisa, pero ya saben ustedes que algunas cosas conviene leerlas despacio.

En segundo lugar, no se angustien, estén tranquilos. A la luz de lo expuesto y siendo los actos fallidos tan frecuentes entiendo la preocupación que pudiera haber surgido en muchos de ustedes, pero quédense tranquilos. Creo haber insistido en ello, los actos fallidos no responden a estado patológico alguno ni hay que operarse de ellos. Ahora bien, negar que uno de los objetivos de esta conferencia era hacerles pensar, introducir alguna inquietud, o si prefieren, reparar en el tratamiento que cada uno de ustedes pueda dar a sus propios actos fallidos, negar esto sería absurdo, y es por eso que les anuncio que será en la consideración y el valor que les otorguen a estos fenómenos, donde podrán estimar la magnitud y el alcance de la verdad subjetiva que se revela, esa verdad singular que un acto fallido decidió poner en juego y que, sin ninguna duda, a usted le concierne.


A.E.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

¿De quién son las palabras?

¿Se pueden robar las palabras? ¿Puedo hacer mías las palabras de otro? ¿Acaso esas palabras no tenían dueño antes de que el otro las hiciera suyas; quizás él a su vez las robase a alguien? ¿Existe alguna posibilidad o procedimiento por el cual las palabras pasan a ser de mi propiedad? Hablar de propiedad respecto de las palabras parece excesivo, no obstante, es habitual escuchar que unas palabras pertenecen a alguien. Bien sea que tratemos de hacerlas propias o que exijamos su pertenencia, las palabras pueden ser incorporadas; efectivamente, es un asunto que afecta al corpo, atañe al cuerpo.


Incorporación es una manera demasiado simple de nombrar el tropiezo que se produce en la llegada al mundo de una masa corporal viva con un sistema de signos, este encuentro produce en los seres hablantes los síntomas, no hay posibilidad de carecer de ellos dada nuestra condición de seres parlantes, asimismo, no hay nada más singular en el sujeto, el síntoma es en cada uno la respuesta a este encuentro, y puede constituirse a la vez en el soporte de su existencia. Dicho esto, el síntoma se revela como la posibilidad de la que se dispone en tanto sujeto para hacer propias las palabras, al estilo de una bisagra que permita articular las marcas en el cuerpo con su causa, la que constituyen dichas palabras.

Al hablar de las marcas que las palabras dejan, pueden éstas pensarse también sobre el papel, entonces hablamos de escritura, aquí la cuestión también toma cuerpo adquiriendo una materialidad, por ejemplo, la de los libros que encierran palabras. La propiedad se establece en este caso con mayor facilidad que en el caso de las palabras dichas, la sustancialidad inherente a la escritura puede convocar a la ley para defender dicha propiedad. Aunque es esencial establecer esta diferenciación entre palabras dichas y palabras escritas, no son las cuestiones legales -aunque lo que inspiró este comentario pudiera hacerlo pensar- de lo que aquí se trata.

The Words (2012), el film codirigido por Brian Klugman y Lee Sternthal, ha sido traducido al castellano por El ladrón de palabras, título éste que no respeta el original e introduce una interferencia en forma de sanción respecto de lo que la trama de la película plantea. Un joven (Bradley Cooper) que pretende ser escritor, encuentra de forma accidental una novela aparentemente extraviada y anónima, y sin cambiar una sola coma se dirige al editor que no duda en publicarla, obteniendo un éxito tan rotundo que pasa de ser un absoluto desconocido a convertirse en el escritor del momento. Inesperadamente, al haber sido publicada, es, si puede decirse así, la propia publicación la que encuentra a su verdadero escritor, un anciano (Jeremy Irons) que escribió esa novela en el París de finales de la Segunda Guerra Mundial y que se dirige al joven triunfador para contarle su historia: ¿Crees que puedes apropiarte de la vida de un hombre y no pagar un precio por ello?

Podemos imaginar el trance que supone para el protagonista, encantado con su nueva y acomodada vida, la aparición de este anciano reclamando la autoría del relato. Es este punto el que el guión elige para plantear al espectador una cuestión que va más allá de la culpa, y al hacerlo, inmediatamente la película se aleja de planteamientos superficiales tan manidos como el de que cometemos errores pero estos tendrían arreglo o incluso podrían llegar a borrarse, y el personaje retomaría su vida, si cabe, con un plus añadido, habiendo aprendido algo del error y haciendo su propósito de enmienda: no volverá a suceder. Necia manera de pretender extirpar nuestros errores, o intentar convertirlos en una ganancia, tratando de metabolizar ésta en una falsa felicidad que reniega del drama derivado de nuestra condición de sujetos, pero que tantas veces es el paso habitual subsiguiente en este tipo de narraciones y de muchas psicoterapias.

La elección del guión de The Words es otra, su interés reside en interrogar la posición ética, obligando al personaje, el joven, a que soporte el error cometido, un error que no se puede borrar, no quedándole otra alternativa que vivir con ello; al hacerlo así le da la única posibilidad para asumir la responsabilidad que le compete en esta historia. Pero esto, lejos de ocurrir per se, ensaya primero la vía necia, y en el colmo de la desorientación, el joven se dirige al anciano para restituir el daño de dicho error, entregándole todos los beneficios que obtuvo por la novela, un sacrificio que devolverá el equilibrio a su conciencia y la estabilidad a su vida, pero el anciano lo rechaza, y ese “no” sume al joven en la perplejidad cerrando la puerta de toda posible rectificación. El anciano, no es por casualidad que no tenga un nombre, encarna la ética de un deseo de la que se desprende que no todo es posible, tampoco jugar a como si no hubiera pasado nada; nuestras decisiones tienen consecuencias y en ocasiones pueden llegar a cambiar una vida, destruyendo lo que ésta nos ofrece y complicando nuestra existencia hasta convertirla en desgraciada. El anciano es un superviviente de su propia vida, probablemente por eso no tiene nombre, porque podría tener cualquiera, y con su respuesta invita al joven a que tome posesión de sus propias palabras, que ponga en juego algo de lo suyo.

No parece fácil, efectivamente, la tarea que se le presenta al joven. Se trata de un saber que convoca al cuerpo; no es fácil tomar posesión de aquellas palabras que nos han marcado y que rigen nuestra ficción particular, ficciones que dirigen nuestras vidas y que pretendidamente dan cuenta de todos nuestros actos; desde luego que no. No soy quien yo creía ser, y me aterra no conseguirlo nunca, confiesa desesperado, porque efectivamente algunos velos han caído y la aparición de la angustia se produce ante lo que esta nueva claridad le permite atisbar de sí mismo. Pero la película, en una nueva vuelta de tuerca, en un más difícil todavía, nos da a ver que tanto la historia del joven como la del anciano pertenecen a la ficción que narra una novela, maniobra que abunda en la hipótesis que subyace al guión: no hay realidad posible, no existe realidad que no esté parasitada por la ficción particular de cada uno. Nos han hecho creer durante toda la película una historia que habría sucedido entre París y Nueva York, con sus alegrías y con sus dramas, pero de pronto confirmamos que dicha historia es la ficción de alguien, en este caso, de un reconocido novelista (Dennis Quaid) que acaba de publicar su última y esperada obra a la que está dando lectura en el fastuoso acto de presentación de la misma.

Ahora todo cobra una nueva luz que confirma el despropósito del título en castellano de este film; no hay ningún ladrón de palabras, no tenemos otra posibilidad que dirigirnos al Otro para tomarlas, quedando de nuestra cuenta si decidimos o no hacerlas nuestras. Como seres parlantes, es con palabras que construimos la realidad y por ello realidad y ficción no solo se funden sino que resultan inseparables.

El novelista abandona la celebración en torno a su novela con una atractiva joven (Olivia Wilde) que acepta la invitación a la casa del escritor. Una vez allí, entre una copa y otra, ella lo interpela acerca de la historia narrada porque quiere saber; dime la verdad, ¿qué ocurrió realmente?, quiere saber qué hay en ese relato de él mismo, le pide que le muestre las marcas que lo han llevado a producir esta escritura, y es ahí donde el sujeto retrocede ante esta pregunta, que es la pregunta por lo que lo aflige, la causa de su dolor, y solo acierta a decir tienes que elegir entre la vida y la ficción, ambas están muy unidas, pero nunca llegan a tocarse.

Un intento insuficiente como para conseguir ignorar lo que esa pregunta ha desatado, el impacto se ha producido, y como por ensalmo el tono frívolo de la cita se disuelve, el escritor invita a la joven a marcharse desbaratando las promesas de una noche juntos, la conversación ha terminado, el diálogo caduca, y se queda solo, recreando la historia que ha escrito, rememorando aquel punto concreto, la escena de la novela que relata una reconciliación, la del joven protagonista de su historia con su esposa. Es ahora cuando podemos entender esta escena como expresión de un anhelo, un deseo, la parte de una escritura que busca tramitar un vacío, enjugar la pérdida que le ha causado su fracasado matrimonio, que aún hoy, años más tarde, tiñe su vida de dolor y frustración; sensación que no conjura, más bien redobla, la alianza que todavía luce su anular.

A.E.

martes, 26 de noviembre de 2013

En memoria de Suso

(El siguiente texto fue leído en la misa funeral de Jesús Estévez Cordido, celebrada el 3 de Octubre de 2011)

No deja de ser paradójico que sea la casa de Dios el lugar en el que os dirijo estas palabras en memoria de su hijo, Jesús Estévez. Sé que Dios es misericordioso, y perdona nuestros pecados, pero tengo la impresión de que existen algunos casos en que no debe tenerlo fácil y tiene que revisar el expediente varias veces, debe meditarlo detenidamente antes de acoger definitivamente algunas almas con inercia singular.

No quisiera, sin embargo, sucumbir a la tentación de convertirme en juez de nadie, confieso que hay ocasiones que me resulta muy difícil no ceder a mis prejuicios e impedir que se conviertan en el principio rector de mi pensamiento. Mi experiencia profesional me ha enseñado a escuchar con qué tropieza el ser humano, por eso sé que no andamos muy sobrados de tolerancia con las almas que tienen una esencia tan diferente, esencia que se manifiesta en el modo de pensar, en la manera de vivir, en la forma de ser en suma, y no hay duda, respecto de la mayoría de nosotros, Suso siempre ha sido un alma diferente.

Diferencia que consuena perfectamente con una personalidad muy marcada, claramente visible en el trato personal; nos ha dejado innumerables anécdotas que todos podemos recordar. Quizás algunas de éstas puedan ser atribuidas al hecho de que la prudencia nunca fue una de las virtudes de su persona, pero también es cierto que lucir tan característico desparpajo en cualquier ambiente supone una buena dosis de valentía, consecuencia de estar bien orientado y haber entendido que él no era como los demás, que su futuro jamás le proporcionaría el supuesto equilibrio que aportan a un hombre una esposa y unos hijos, eso que la mayoría anhelamos, y que por el contrario, las coordenadas del mapa de ruta que escribieron para él, justificaron la sensata elección de una vida bohemia, en la que el equilibrio no es un valor tan preciado, y son otros los amarres que protegen de las borrascas de soledad.

Una vez fallecido, tuve que recoger de la habitación del hospital las pertenencias con las que ingresó, entonces hubo algo que me sorprendió al revisarlas, se trataba de unas fotos. No me refiero a las copias de las fotos que siempre llevaba encima, recuerdos de su pasado periodístico, con Shirley McLane, o su orgulloso retrato con Sofía Loren. Junto con estas, me encontré con fotos de sus amigos, de ahora y de antaño, incluso aquellos que lamentó perder. Tras la sorpresa inicial, comprendí qué importantes habían sido para él, cómo había encontrado su arreglo a través de la amistad, que ha sido su sostén. La presencia aquí hoy de algunos de sus amigos da testimonio de ello; la fidelidad con la que trataba a la amistad, desde luego, no la encontraremos en el carácter efímero de sus relaciones sentimentales.

Reflexionando, sólo encontré un espacio por fuera de la amistad que le sirvió de amarre a lo largo de su vida, al que siempre fue fiel; su Marisita, su sobrina predilecta. Constantemente ha sido esto una pregunta para mí, ¿qué hubo en Marisa para conmover a este hombre?, ¿por qué su afán en mantener ese nexo? Seguramente para él debió ser lo más cercano a una hija, y el único vínculo con su admirado hermano, pero además creo que Suso le estaba muy agradecido, no sólo por la entrega incondicional de Marisa o la generosidad sin límite de su marido, Pipo, sino porque aquella niñita que tan espatosamente quedó sin madre, que encontró una sustituta en la persona de su abuela, Honorata, le permitió a él descubrir en su madre la ternura, mujer endurecida en la costumbre de lidiar con cinco varones.

Heredero del genio musical de su padre, decidió cambiar su talento natural por la letra impresa, renuncia que no le privó de una sensibilidad musical extraordinaria, como no he conocido jamás, y de la que agradezco infinitamente que me hiciera heredero, consciente de que sólo soy depositario de una humilde parte que no me pertenece, y que por tanto no debo guardarme para mí, me acompañará a lo largo de mi paso por la vida, es la causante de que la música sea, desde muy pequeño, la puerta principal de conocimiento de la belleza, belleza que él creía tocar escuchando algunas de sus obras preferidas, y que en ocasiones provocaba en él una turbación que incluso lo asustaba. Respecto de este tesoro, de esta sensibilidad, asumo haber contraído una responsabilidad, es por ello que siempre he tratado de transmitirla.

En mis últimas conversaciones con él, muchas de ellas servían al objeto de repasar su vida, sonreíamos ambos por la acumulación a lo largo de los años de algunas paradojas, como la del primogénito de cuatro hermanos que no sólo tuvo que sufrir la pérdida de sus padres, también la de sus tres hermanos menores, había sobrevivido a todos con una vida que no había sido precisamente muy ordenada. O si prefieren, la paradoja con la que comencé estas palabras, un hombre contrario a argumentos religiosos, pese al nombre con el que lo bautizaron, y sin embargo un sujeto de firmes creencias y con una fe a prueba de todo respecto de aquellos sus valores, sus principios y convicciones. Pero sobre todas estas, está con la que yo me quedo, y que confirmo al terminar estas líneas; la gran paradoja de un hombre que nunca llegó a poseer nada y que sin embargo disponía de un patrimonio que muy pocos, aun contando con varias vidas, lograrían jamás reunir. 

A.E.