Imagen cedida por su autora, Mónica Estévez

lunes, 28 de abril de 2014

Golf; una experiencia de Humildad


“¡… darle a la bola es difícil; hacer que vuele, francamente complicado; pero que vaya allí donde tú quieres es absolutamente imposible!”  Esta era la confesión que me hacía una amiga que comenzaba sus primeras clases de golf antes de que yo me iniciase en este deporte. Escribo deporte porque creo que esta palabra significa algo más que esfuerzo físico, justamente ahí radica su grandeza. Y hago esta aclaración por el hecho consabido de que en el caso del golf, su estatuto deportivo siempre está puesto en cuestión para pasar a ser juzgado como “entretenimiento” de ricos, burgueses, o de gente ociosa y poderosa. La supuesta grandeza del golf residiría pues en la notoriedad y el éxito social de los personajes que lo practican, un privilegio de aquellos afortunados  más favorecidos socioeconómicamente; es una tradición la que sustenta firmemente este argumento, sin embargo ello no deja de ser uno más entre los arraigados prejuicios que  padece nuestra sociedad y que sin lugar a dudas, la empobrece.

Vituperado pues como deporte para convertirse en blasón de una casta distinguida, este
algo más que en el caso del golf relaciono con su grandeza no responde en absoluto a lo que puede traducirse en términos de ostentación personal, se trata de todo lo contrario, este algo más se traduce por humildad. Hasta qué punto no será importante ni resultará exagerado situar la humildad como núcleo de su grandeza, que su práctica, sin este ingrediente, reduce el golf a una bella estampa de póster, eso en el mejor de los casos, en el peor de ellos a un infierno de frustración. Entender este deporte significa saber que sin humildad no es posible ser un buen jugador.


La dificultad que supone para cualquier principiante la incorporación de la mecánica del swing – el movimiento con el cual el jugador debe golpear con el palo a la bola -, los retos a los que nos somete el campo en el que se desarrolle el juego, el mantenimiento sostenido de una concentración mental a lo largo de las 4 horas que dura un partido, y en ocasiones, las inclemencias climatológicas, deberían conducir al golfista, todo ello por sí mismo, a un continuo ejercicio de humildad. El más grande jugador profesional de todos los tiempos, Tiger Woods, conoce perfectamente esta cuestión. Un jugador como él, ganador incansable de muchos entre los tantos torneos disputados, un competidor sin igual que ha hecho saltar por los aires todos los récords que este deporte tenía establecidos hasta su llegada a la profesionalidad, tiene que soportar igualmente el peso que la grandeza de este deporte hace descansar sobre sus hombros y contemplar, humildemente, cómo la gloria de la victoria no está en ningún caso garantizada. ¿En qué términos entonces podemos hablar de garantías de éxito para el jugador amateur que ve limitada la práctica de su juego, por sus obligaciones laborales o de cualquier otro tipo, únicamente al fin de semana? Es relevante que todo aquel que se arrima a este deporte pueda constatar, a nada que se detenga mínimamente a reflexionar sobre ello, que la tolerancia a la frustración y la humilde aceptación de las condiciones con las que el golf somete sin compasión a sus practicantes, propician mejores y más gratificantes resultados. 

Gary Player, otro grande de este deporte,  profesional cuyos logros fueron conseguidos hace ya algunas décadas, tenía una frase que se hizo famosa porque, en mi opinión, condensa de manera muy elocuente algo que ocurre en relación a las vicisitudes que a un jugador pueden presentársele a lo largo de un partido, dicha frase dice así: “cuánto más entreno más suerte tengo” No hay duda alguna, y en este sentido el golf  no se diferencia en absoluto del resto de disciplinas deportivas, el entrenamiento capacita al jugador para la obtención de un mejor resultado, y el rigor y la disciplina en la cancha de prácticas augura mayores alegrías pese al carácter del jugador, habitualmente intransigente con la frustración que suponen las innumerables dificultades que a lo largo de un recorrido de 18 hoyos irán surgiendo de manera inevitable.

Hace 20 años que comencé mi aventura en este deporte, he conseguido un hándicap o nivel de juego lo suficientemente sólido como para que la bola vuele sin dificultad y en ocasiones, incluso, aterrice allí donde antes de golpearla había imaginado. Pero si algo he asimilado en estas dos décadas es que antes o después, en cada partido que juego, en cualquiera de los bellos recodos que el campo me ofrece, he de enfrentarme a mis limitaciones, a mis propias dificultades, esas con las que este deporte me reta y de las que trato de aprender para arreglármelas en la vida.

A.E.

viernes, 25 de abril de 2014

9 diseños de logos publicitarios fallidos, o quizá no...

Nótese que siempre la temática sexual es lo que parece revelarse tras lo manifiesto.