“¡… darle a la bola es difícil; hacer que
vuele, francamente complicado; pero que vaya allí donde tú quieres es
absolutamente imposible!” Esta era la confesión
que me hacía una amiga que comenzaba sus primeras clases de golf antes de que
yo me iniciase en este deporte. Escribo deporte porque creo que esta palabra
significa algo más que esfuerzo
físico, justamente ahí radica su grandeza. Y hago esta aclaración por el hecho
consabido de que en el caso del golf, su estatuto deportivo siempre está puesto
en cuestión para pasar a ser juzgado como “entretenimiento” de ricos,
burgueses, o de gente ociosa y poderosa. La supuesta grandeza del golf
residiría pues en la notoriedad y el éxito social de los personajes que lo
practican, un privilegio de aquellos afortunados más favorecidos socioeconómicamente; es una
tradición la que sustenta firmemente este argumento, sin embargo ello no deja
de ser uno más entre los arraigados prejuicios que padece nuestra sociedad y que sin lugar a
dudas, la empobrece.
Vituperado pues como deporte para
convertirse en blasón de una casta distinguida, este
algo más que en el caso del golf relaciono con su grandeza no
responde en absoluto a lo que puede traducirse en términos de ostentación
personal, se trata de todo lo contrario, este algo más se traduce por humildad. Hasta qué punto no será
importante ni resultará exagerado situar la humildad como núcleo de su grandeza,
que su práctica, sin este ingrediente, reduce el golf a una bella estampa de
póster, eso en el mejor de los casos, en el peor de ellos a un infierno de
frustración. Entender este deporte significa saber que sin humildad no es
posible ser un buen jugador.
La dificultad que supone para cualquier
principiante la incorporación de la mecánica del swing – el movimiento con el
cual el jugador debe golpear con el palo a la bola -, los retos a los que nos
somete el campo en el que se desarrolle el juego, el mantenimiento sostenido de
una concentración mental a lo largo de las 4 horas que dura un partido, y en
ocasiones, las inclemencias climatológicas, deberían conducir al golfista, todo
ello por sí mismo, a un continuo ejercicio de humildad. El más grande jugador profesional
de todos los tiempos, Tiger Woods, conoce perfectamente esta cuestión. Un
jugador como él, ganador incansable de muchos entre los tantos torneos
disputados, un competidor sin igual que ha hecho saltar por los aires todos los
récords que este deporte tenía establecidos hasta su llegada a la
profesionalidad, tiene que soportar igualmente el peso que la grandeza de este
deporte hace descansar sobre sus hombros y contemplar, humildemente, cómo la gloria
de la victoria no está en ningún caso garantizada. ¿En qué términos entonces
podemos hablar de garantías de éxito para el jugador amateur que ve limitada la
práctica de su juego, por sus obligaciones laborales o de cualquier otro tipo,
únicamente al fin de semana? Es relevante que todo aquel que se arrima a este
deporte pueda constatar, a nada que se detenga mínimamente a reflexionar sobre
ello, que la tolerancia a la frustración y la humilde aceptación de las
condiciones con las que el golf somete sin compasión a sus practicantes,
propician mejores y más gratificantes resultados.
Gary Player, otro grande de este
deporte, profesional cuyos logros fueron
conseguidos hace ya algunas décadas, tenía una frase que se hizo famosa porque,
en mi opinión, condensa de manera muy elocuente algo que ocurre en relación a
las vicisitudes que a un jugador pueden presentársele a lo largo de un partido,
dicha frase dice así: “cuánto más entreno
más suerte tengo” No hay duda alguna, y en este sentido el golf no se diferencia en absoluto del resto de
disciplinas deportivas, el entrenamiento capacita al jugador para la obtención
de un mejor resultado, y el rigor y la disciplina en la cancha de prácticas
augura mayores alegrías pese al carácter del jugador, habitualmente
intransigente con la frustración que suponen las innumerables dificultades que
a lo largo de un recorrido de 18 hoyos irán surgiendo de manera inevitable.
Hace 20 años que comencé mi aventura en este deporte, he conseguido un hándicap o nivel de juego lo suficientemente sólido como para que la bola vuele sin dificultad y en ocasiones, incluso, aterrice allí donde antes de golpearla había imaginado. Pero si algo he asimilado en estas dos décadas es que antes o después, en cada partido que juego, en cualquiera de los bellos recodos que el campo me ofrece, he de enfrentarme a mis limitaciones, a mis propias dificultades, esas con las que este deporte me reta y de las que trato de aprender para arreglármelas en la vida.
A.E.


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