¿Se pueden robar las palabras? ¿Puedo hacer mías las palabras de otro? ¿Acaso esas palabras no tenían dueño antes de que el otro las hiciera suyas; quizás él a su vez las robase a alguien? ¿Existe alguna posibilidad o procedimiento por el cual las palabras pasan a ser de mi propiedad? Hablar de propiedad respecto de las palabras parece excesivo, no obstante, es habitual escuchar que unas palabras pertenecen a alguien. Bien sea que tratemos de hacerlas propias o que exijamos su pertenencia, las palabras pueden ser incorporadas; efectivamente, es un asunto que afecta al corpo, atañe al cuerpo.
Incorporación es una manera demasiado
simple de nombrar el tropiezo que se produce en la llegada al mundo de una masa
corporal viva con un sistema de signos, este encuentro produce en los seres
hablantes los síntomas, no hay posibilidad de carecer de ellos dada nuestra
condición de seres parlantes, asimismo, no hay nada más singular en el sujeto, el
síntoma es en cada uno la respuesta a este encuentro, y puede constituirse a la
vez en el soporte de su existencia. Dicho esto, el síntoma se revela como la
posibilidad de la que se dispone en tanto sujeto para hacer propias las
palabras, al estilo de una bisagra que permita articular las marcas en el
cuerpo con su causa, la que constituyen dichas palabras.
Al hablar de las marcas que las
palabras dejan, pueden éstas pensarse también sobre el papel, entonces hablamos
de escritura, aquí la cuestión también toma cuerpo adquiriendo una
materialidad, por ejemplo, la de los libros que encierran palabras. La
propiedad se establece en este caso con mayor facilidad que en el caso de las
palabras dichas, la sustancialidad inherente a la escritura puede convocar a la
ley para defender dicha propiedad. Aunque es esencial establecer esta
diferenciación entre palabras dichas y palabras escritas, no son las cuestiones
legales -aunque lo que inspiró este comentario pudiera hacerlo pensar- de lo
que aquí se trata.
The
Words (2012), el film codirigido por Brian Klugman y Lee
Sternthal, ha sido traducido al castellano por El ladrón de palabras, título éste que no respeta el original e
introduce una interferencia en forma de sanción respecto de lo que la trama de
la película plantea. Un joven (Bradley Cooper) que pretende ser escritor,
encuentra de forma accidental una novela aparentemente extraviada y anónima, y sin
cambiar una sola coma se dirige al editor que no duda en publicarla, obteniendo
un éxito tan rotundo que pasa de ser un absoluto desconocido a convertirse en
el escritor del momento. Inesperadamente, al haber sido publicada, es, si puede
decirse así, la propia publicación la que encuentra a su verdadero escritor, un
anciano (Jeremy Irons) que escribió esa novela en el París de finales de la
Segunda Guerra Mundial y que se dirige al joven triunfador para contarle su
historia: ¿Crees que puedes apropiarte de
la vida de un hombre y no pagar un precio por ello?
Podemos imaginar el trance que
supone para el protagonista, encantado con su nueva y acomodada vida, la aparición
de este anciano reclamando la autoría del relato. Es este punto el que el guión
elige para plantear al espectador una cuestión que va más allá de la culpa, y
al hacerlo, inmediatamente la película se aleja de planteamientos superficiales
tan manidos como el de que cometemos errores pero estos tendrían arreglo o
incluso podrían llegar a borrarse, y el personaje retomaría su vida, si cabe,
con un plus añadido, habiendo aprendido algo del error y haciendo su propósito
de enmienda: no volverá a suceder. Necia manera de pretender extirpar nuestros
errores, o intentar convertirlos en una ganancia, tratando de metabolizar ésta
en una falsa felicidad que reniega del drama derivado de nuestra condición de
sujetos, pero que tantas veces es el paso habitual subsiguiente en este tipo de
narraciones y de muchas psicoterapias.
La elección del guión de The Words es otra, su interés reside en
interrogar la posición ética, obligando al personaje, el joven, a que soporte el
error cometido, un error que no se puede borrar, no quedándole otra alternativa
que vivir con ello; al hacerlo así le da la única posibilidad para asumir la
responsabilidad que le compete en esta historia. Pero esto, lejos de ocurrir per se, ensaya primero la vía necia, y
en el colmo de la desorientación, el joven se dirige al anciano para restituir
el daño de dicho error, entregándole todos los beneficios que obtuvo por la novela,
un sacrificio que devolverá el equilibrio a su conciencia y la estabilidad a su
vida, pero el anciano lo rechaza, y ese “no” sume al joven en la perplejidad
cerrando la puerta de toda posible rectificación. El anciano, no es por
casualidad que no tenga un nombre, encarna la ética de un deseo de la que se
desprende que no todo es posible, tampoco jugar a como si no hubiera pasado
nada; nuestras decisiones tienen consecuencias y en ocasiones pueden llegar a cambiar
una vida, destruyendo lo que ésta nos ofrece y complicando nuestra existencia
hasta convertirla en desgraciada. El anciano es un superviviente de su propia
vida, probablemente por eso no tiene nombre, porque podría tener cualquiera, y
con su respuesta invita al joven a que tome posesión de sus propias palabras,
que ponga en juego algo de lo suyo.
No parece fácil, efectivamente,
la tarea que se le presenta al joven. Se trata de un saber que convoca al
cuerpo; no es fácil tomar posesión de aquellas palabras que nos han marcado y
que rigen nuestra ficción particular, ficciones que dirigen nuestras vidas y
que pretendidamente dan cuenta de todos nuestros actos; desde luego que no. No soy quien yo creía ser, y me aterra no
conseguirlo nunca, confiesa desesperado, porque efectivamente algunos velos
han caído y la aparición de la angustia se produce ante lo que esta nueva
claridad le permite atisbar de sí mismo. Pero la película, en una nueva vuelta
de tuerca, en un más difícil todavía, nos da a ver que tanto la historia del
joven como la del anciano pertenecen a la ficción que narra una novela,
maniobra que abunda en la hipótesis que subyace al guión: no hay realidad
posible, no existe realidad que no esté parasitada por la ficción particular de
cada uno. Nos han hecho creer durante toda la película una historia que habría
sucedido entre París y Nueva York, con sus alegrías y con sus dramas, pero de
pronto confirmamos que dicha historia es la ficción de alguien, en este caso, de
un reconocido novelista (Dennis Quaid) que acaba de publicar su última y
esperada obra a la que está dando lectura en el fastuoso acto de presentación
de la misma.
Ahora todo cobra una nueva luz
que confirma el despropósito del título en castellano de este film; no hay
ningún ladrón de palabras, no tenemos otra posibilidad que dirigirnos al Otro
para tomarlas, quedando de nuestra cuenta si decidimos o no hacerlas nuestras.
Como seres parlantes, es con palabras que construimos la realidad y por ello
realidad y ficción no solo se funden sino que resultan inseparables.
El novelista abandona la
celebración en torno a su novela con una atractiva joven (Olivia Wilde) que
acepta la invitación a la casa del escritor. Una vez allí, entre una copa y
otra, ella lo interpela acerca de la historia narrada porque quiere saber; dime la verdad, ¿qué ocurrió realmente?,
quiere saber qué hay en ese relato de él mismo, le pide que le muestre las
marcas que lo han llevado a producir esta escritura, y es ahí donde el sujeto
retrocede ante esta pregunta, que es la pregunta por lo que lo aflige, la causa
de su dolor, y solo acierta a decir tienes
que elegir entre la vida y la ficción, ambas están muy unidas, pero nunca
llegan a tocarse.
Un intento insuficiente como para
conseguir ignorar lo que esa pregunta ha desatado, el impacto se ha producido, y
como por ensalmo el tono frívolo de la cita se disuelve, el escritor invita a
la joven a marcharse desbaratando las promesas de una noche juntos, la
conversación ha terminado, el diálogo caduca, y se queda solo, recreando la
historia que ha escrito, rememorando aquel punto concreto, la escena de la
novela que relata una reconciliación, la del joven protagonista de su historia
con su esposa. Es ahora cuando podemos entender esta escena como expresión de
un anhelo, un deseo, la parte de una escritura que busca tramitar un vacío,
enjugar la pérdida que le ha causado su fracasado matrimonio, que aún hoy, años
más tarde, tiñe su vida de dolor y frustración; sensación que no conjura, más
bien redobla, la alianza que todavía luce su anular.
A.E.
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