Imagen cedida por su autora, Mónica Estévez

jueves, 6 de noviembre de 2014

Me quedo con mi Hermano Mayor



   La siguiente carta, que fue escrita a raíz de la frustrante experiencia personal que supuso la visión de un programa de televisión de la cadena Cuatro, fue enviada a la prensa sin que obtuviera el eco de su publicación. Pido disculpas de antemano al lector por el enojado tono con el que fue redactada, pero no por ello dejo de suscribir al ciento por ciento el argumento que dicha carta pretende defender.

             

 Me quedo con mi Hermano Mayor


   El viernes pasado, 5 de Junio, tuve ocasión de ver en la programación de la cadena Cuatro un espacio titulado “Hermano mayor”, en el horario televisivo por excelencia, lo que se conoce como el “prime time”. Abordaba una problemática tristemente habitual en los hogares españoles; una joven de 21 años, toxicómana, tiene desesperados a sus padres; el consumo de drogas ha convertido la relación con estos en algo imposible a todas luces. Tras una introducción en que la cámara nos permite comprobar la dinámica de la casa, cebándose en el morbo de la discusión, el choque de la joven con sus progenitores y el lenguaje procaz con el que se obsequian unos y otra y del que somos testigos directos, supongo que para ponernos en situación, para caldearnos imagino; tras esto, digo, asistimos a la intervención del profesional que va a tratar de resolver esta complicadísima situación que afecta a todo el grupo familiar.
  
   Resulta absolutamente indignante para alguien cuya práctica, durante tantos años, se ha desarrollado enfrentando este tipo de situaciones, asistir, aunque sea a través del televisor, a la intervención que el profesional protagonista del “reality” despliega en el caso de esta joven. Indignante más allá de que se pueda estar en desacuerdo con que un espacio televisivo ventile estas cuestiones con tanta ligereza, eso da para otro debate, soy consciente de los tiempos que nos han tocado vivir, nuestro Dios todopoderoso es el dinero y hay que vender por encima de todo, incluso de la dignidad de las personas; pero la cuestión que pretendo abordar es otra; la indignación es en este caso la resultante del tratamiento psicoterapéutico que se le ofrece a esta chica: algo absolutamente demencial.
  
   ¿Cuál es el fundamento que orienta la intervención de este terapeuta? La intervención terapéutica está fundada en la experiencia, para este caso, la propia experiencia del terapeuta, y creo que es el denominador común de todos los casos que este espacio ha ofrecido. El terapeuta es un hombre que ha pasado por el trance y la problemática de la droga, él mismo ha padecido en su propia persona los rigores de un drama como este, él fue toxicómano, y será su experiencia, la suya propia, la que sirva de guía y de aval para forzar a la chica a superar el trance en el que se encuentra. Porque como todos sabemos, y si no lo sabíamos ahora ya no hay ninguna duda, la adicción no es una problemática singular en cada sujeto, no, sino que permite una generalización que no distingue entre sus afectados, y debe responder a un “para todos lo mismo”. Por esta regla de tres, si yo conseguí dejarlo, tú también puedes, pero en caso de que eso no ocurra y no logres dejar la sustancia aplicando “mi método”, entonces es que eres mala, o una viciosa, como se llega a decir en algún momento del programa en el que el terapeuta pierde literalmente los papeles y recurre al insulto para dirigirse a la paciente. En resumen, si la cosa no funciona, en ningún caso tiene que ver con la posibilidad de cuestionar la propia intervención terapéutica, esa siempre es correcta para este profesional, el problema es del paciente que no lo hace bien. Y como no lo hace bien, convendría someterla a un castigo, y qué mejor ocurrencia que hacer que trabaje en lo que trabaja la madre a diario, pero para el caso de esta paciente sumándole un nivel de exigencia que convierte la labor que ha de cumplir en algo imposible; así apreciará y valorará lo que su madre hace por ella y así conseguiremos evitar futuras trifulcas hija-madre.  Claro que puestos a asociar, quizá también esta chica asocie trabajo con castigo, ¿y entonces?


La identificación al terapeuta como método terapéutico no es algo novedoso; tratar de utilizar la figura de la persona que atiende al paciente como ideal y modelo a seguir es algo que podemos situar largo tiempo atrás y que sin lugar a dudas ha dado origen a una multiplicidad de psicoterapias que en nuestros días son una plaga conformando una amplísima oferta, la de los tratamientos psicológicos que comparten, todos ellos, la misma deriva desorientadora y que puede formularse en un “Yo soy su modelo para resolver lo que le pasa” y que tan funestos efectos iatrogénicos provocan en la persona que acude a consultar.
  
   La adicción a las drogas, al alcohol, etc, es un drama muy serio sobre el que no conviene banalizar. No se trata de una actitud ante la droga que podríamos juzgar caprichosa, y desde luego, cuando alcanza determinadas dimensiones en la vida de un sujeto, no lo hace porque este sea malo o un vicioso. Es una problemática muy grave y difícil, que hunde sus raíces en lo más profundo del ser que padece dicha adicción. La sustancia tiene una función para el drogadicto, y lo que se revela esencial es llegar a saber y, por lo tanto, que el sujeto conozca dicha función, lo cual es válido para cualquier intento de tratar una situación de estas características, porque ello será lo que oriente nuestra intervención terapéutica. Muy por el contrario, volviendo al despropósito que representa un tratamiento como el que este programa tuvo a bien ofrecer a sus espectadores, basado en la identificación, la culpabilidad y el castigo a la paciente, diré que resultan patéticas las imágenes de la joven martillando y echando abajo paredes de ladrillo para supuestamente liberarse del odio, porque alguien debió decidir que el problema de nuestra paciente pasa por dicho sentimiento, y si usa el mazo contra la pared no lo usará contra la persona de sus padres y descenderá el nivel de violencia en casa. O eso, o quizá es que en el caso de su terapeuta el odio tuvo un papel central como eje en su experiencia con la droga, y lo que valió para él debe funcionar con esta chica.
  
   Dramático realmente, porque todo esto sucede sin que ni siquiera hayamos oído una sola vez la pregunta primera de cualquier tratamiento y que resulta fundamental para situar lo que está ocurriendo: “Lidia, ¿desde cuándo te pasa esto?”
  
   Así que, en mi caso, me quedo con mi hermano mayor, tengo uno, con sus defectos y sus limitaciones, pero también con su valioso apoyo. Un apoyo que no he echado en falta, pese a que en algunas de las encrucijadas que la vida nos brinda, yo decidiera no seguir exactamente su mismo camino.

A.E.

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