Imagen cedida por su autora, Mónica Estévez

viernes, 7 de marzo de 2014

El nuevo McConaughey o ¿cuánto pesa un semblante?

Es muy habitual en las conversaciones que mantenemos, en lo que leemos o escuchamos en distintos medios, encontrarnos con una afirmación categórica que se da por buena y sobre la que ensayar objeciones siempre resulta complicado, entre otras cosas por las vueltas argumentales que hay que elaborar para cuestionarla. Me estoy refiriendo a esa frase tan manida que dice "la gente no cambia". Uno es como es, o el consabido "yo soy así" que más parecen reflejar el carácter de sentencia inapelable, y que dibujan un horizonte en todos los casos bastante predecible para un sujeto, dado que su forma de ser no admitiría transformaciones.

Sin embargo, también es cierto, y a nadie se le escapa, que ante determinadas situaciones que la vida nos depara, estoy pensando en aquellas que inesperadamente nos golpean, como puede ser la pérdida de alguien muy cercano, un accidente del que hemos sido víctimas, la aparición de un enfermedad, incluso a veces hasta un hecho social de grandes dimensiones cuyas consecuencias nos han afectado de manera especialmente particular, en esos casos podemos registrar un cambio en la persona que ha sufrido el trance, no estoy hablando de el duelo, la tristeza o los estados depresivos que consecuentemente dichos hechos pudieran provocar, sino de un cambio en la posición en la que el sujeto se sitúa para enfrentar la vida a partir de ese momento. ¿Cómo seguir adelante cuando se ha perdido al cónyuge?, por ejemplo; sin duda que un drama así puede tener un eco no solo en las relaciones que uno establece con los demás, con los semejantes, además pueden verse afectadas otras áreas de la vida del sujeto, su relación con el trabajo, con sus aficiones y hobbies, un cambio en las actividades a las que dedica su tiempo, así como la posibilidad de que aparezcan nuevos intereses que evidencian ni más ni menos el modo en que la subjetividad de cada cual maniobra para intentar restablecer cierto equilibrio ante un pérdida traumática.

En estos casos es sabido que el sentido común concede cierta transformación en un sujeto, ya digo, más allá del mencionado período de duelo, siendo posible que salga de éste inaugurando una relación con su propia existencia que hasta ese momento no solo no era evidente, ni siquiera predecible.

Lo que pretendo expresar en esta líneas es si podemos plantear que un sujeto pueda sorprendernos justo en el sentido que estamos hablando, es decir, que sin una desgraciada contingencia o un revés desproporcionado en su vida, alguien pueda sufrir una transformación que nos permita hablar de un antes y un después en su existencia. Trato de oponer por tanto la consideración de dos tipos de existencias para un sujeto, la que "es así", más afín a un destino predecible, frente a la existencia que "podría ser", existencia ésta que admitiría un salto, un corte, algo que introdujese una discontinuidad y que tuviese efectos perdurables en el tiempo, hasta el punto de poder afirmar que uno ya no vuelve a ser uno mismo.

Probablemente porque este asunto es algo que con frecuencia da vueltas en mi cabeza, por ello mismo soy especialmente sensible cuando alguna noticia de nuestra actualidad hace resonancia con esta preocupación. Justo en este sentido, la reciente noticia del galardón recibido por el actor estadounidense Matthew McConaughey, el Oscar de Hollywood al mejor actor por su interpretación como protagonista en la película Dallas Buyers Club ha funcionado como detonante para dirigirme al papel e intentar expresar algunas reflexiones.

El caso de este afamado galán de éxito me parece particularmente adecuado para mostrar lo que he interpretado, no deja de ser una interpretación absolutamente subjetiva, como el índice de la transformación en un sujeto. Porque verdaderamente cuando se le conceden los adjetivos "galán" y "afamado" a McConaughey no se exagera en absoluto echando un vistazo a lo que ha sido su carrera profesional hasta ahora, solo hay que sondear la opinión de las féminas acerca de su aspecto para no dudar en el calificativo de adonis, y bueno, porqué no decirlo, seguramente muchos hombres que no se sienten especialmente amenazados por su vertiente femenina puedan exclamar a coro con ellas: ¡Vaya tío!

Y desde luego lo de afamado tampoco admite discusión. Sea por guapo, en ese sentido es innegable el romance que la cámara mantiene con él, o sea porque se ha mostrado especialmente acertado en la elección de sus proyectos, algunos de los films que ha protagonizado han supuesto unos beneficios muy sustanciosos en taquilla, quiero decir con ello que no se trata de alguien que no haya conocido el éxito de manera temprana en su carrera como actor, evidentemente no sin cosechar algunos abucheos por embarcarse en otros trabajos que no han merecido el respeto del público ni de la crítica.

Hasta aquí, tampoco podemos decir que su caso sea muy excepcional o diferente al de algunos otros compañeros de profesión, hombres y mujeres, que han encontrado -no sin el esfuerzo y el trabajo que supone hacer un recorrido en un mundo tan difícil como es el mundo del cine- el éxito en algunas, muchas o pocas, producciones en las que han participado. Pero entonces, ¿en qué nos sirve, voy a permitirme nombrarlo así, el caso McConaughey, para pensar esta cuestión que se plantea?, la posibilidad de que opere un cambio en un sujeto que haga una marca en su trayectoria profesional, que produzca un giro en su carrera.

Que hay un cambio en McConaughey no es algo discutible, la pérdida de 26 kilos en su peso es algo que produce cierto impacto al observar el resultado, pero una pérdida de peso tal no tendría porque verse acompañada de un cambio más profundo como el que aquí se discute. No obstante debemos registrar como dato significativo que su caso es el de un actor empujado por una inercia que lo ha llevado a un encasillamiento en papeles de guapo, cintas en la que no se hacía esperar el plano en el que con un gesto absolutamente calculado en su descuido, el actor se desnudaba mostrándonos sus magníficos pectorales y un cincelado abdomen, satisfaciendo con creces la promesa que su camiseta slim-fit insinuaba. Claro, perder 26 kilos es algo que deja una marca, también en el rostro, y fácilmente se pierde la calidad de guapo para en el mejor de los casos pasar a ser atractivo, digo en el mejor de los casos, porque en su papel como Ron Woodruff no alcanza ese calificativo ni por asomo, algo más favorecido aparece como Rusht Cole, el investigador policial en la exitosa serie True Detective, pero ni de lejos la sombra de aquel adonis que había sido.

Paul Newman, al final de su carrera decía que se avergonzaba de una buena parte de su filmografía porque sus interpretaciones en aquellas cintas estaban excesivamente apoyadas en explotar un semblante que efectivamente demostraba tener un idilio con la cámara que en mi opinión ningún actor jamás ha conseguido en la historia del cine. Es cierto, pensemos un poco en esto, semblar es hacer creer allí donde no hay, un semblante es una tentativa que trata de mostrar algo y que a la vez concentra una parte de lo que es imposible mostrar. Hacer semblante es algo que puede emparentar con una mentira en la medida que está velando algo que no se puede representar, y en ese sentido, el semblante de Newman, o el de aquel bello McConaughey desde luego deslumbran, manteniendo a cierta distancia eso que preferimos no ver, eso no tan bonito y que no es fácil de enfrentar.

Estos semblantes tan radiantes parecen dejar un mensaje, un saldo en el sentido de que nada falta en ellos, todo es bello y no se reserva lugar para lo feo o lo desagradable. Son semblantes que siempre requieren de un Otro, alguien testigo de lo que se da a ver, que pueda dar un reporte de ello,  y en ese circuito que se establece al pasar por el Otro se produce cierto efecto de alienación quedando el sujeto irremediablemente pegado a los efectos de negación, de desmentido de aquello que justamente el semblante trata de velar. Por eso, creer en el semblante idiotiza, es lo que viene a decirnos Newman cuando perdió su belleza y sus apariciones ante la cámara ya no destacaban desde el lado de la belleza de la imagen.

En el caso de Matthew McConaughey, a sus 44 años, parece atisbarse el indicativo de una transformación en su ser actor justo en esta dirección. No considero casual que justamente el papel que le da el Oscar de la Academia sea el de un sujeto deshauciado y enfermo de SIDA, creo no equivocarme al afirmar que interpretar ese personaje es elegir, si puedo decirlo así, un semblante agujereado, un semblante mucho menos pulido y compacto que el de sus antiguas y empalagosas comedias románticas. Un cambio en el sujeto, un sujeto que parece verse causado hoy por historias que ponen en juego temas que le producen alguna inquietud personal, que revuelven algo en su subjetividad, y en ese sentido es admirable comprobar como un sujeto puede abandonar el calor y la supuesta protección que le aportan una potente identificación, y sacrificar esa supuesta unidad o integridad a la que nos aferramos todos los sujetos que pertenecemos a la condición humana cuando nos congratulamos comprobando que efectivamente, una identidad es un refugio, para aventurarse por esa otra zona más sombría, mucho más oscura, en la que no hay rastro de unidad alguna, sino solo fragmentos, pedazos reunidos que fracasan en su anhelo de formar un todo.

Así que desde aquí demos la bienvenida a este buen actor, pero sobre todo me gustaría felicitar al sujeto que lo representa, porque no es poco el empuje que hace falta para confrontarse con la verdad del propio deseo, y aunque tratándose del ser humano nunca podemos hablar en términos de garantías, lo que sí es cierto es que este difícil camino, una vez que se recorre, suele establecerse como una afortunada orientación.

A.E.

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